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EL CORAZON FIEL



Hay una amable estabilidad en el corazón fiel. Un surco. Un trazado para pasos firmes. Una bendición asegurada. Una forma de paz.

En la fidelidad se cultiva la alegría sin estridencias. La sencilla alegría. Un orden conservador. La bendita conservación de los pasos que llevando rectitud, amparan bajo la luz de lo bueno.
Dios es fiel. Y su Gracia nos busca para hacernos fieles.

La fidelidad cruza valles florecidos, y cañadas peligrosas. Se ve probada. A veces, amenazada en su integridad. La fidelidad es adhesión. Es la fe asintiendo a alguien. Es una respuesta de amor.
Y aquel que tiene la iniciativa en todo lo santo, el Señor que nos amó primero, él ama y promueve la fidelidad, y perdona las infidelidades. “El Señor es bueno y compasivo”, repetimos con el salmista. Él sabe que estamos hechos de barro, y, así y todo, apuesta a nuestra fidelidad. Porque en ella canta la sabiduría de Dios, y porque por ella se nos asegura la bienaventuranza y victoria finales.
Así, Cristo nos dice: “El que me ama será fiel a mi palabra”.

La Palabra de Dios es viva y eficaz… Amar fielmente a Dios es vivir su Vida en nosotros. Es dejarle a su espada santa que corte lo vano e inútil, y que deje a su vez esa herida que no lastima, la herida de amor que hace que de continuo busquemos su mano blanda, su medicina, su abrazo. Pues, como sedientos de amor buscamos su beso y bendición. Anhelamos, en la fe, su fidelidad colmadora.
La respuesta de amor a su amor hace viva y eficaz la Inhabitación trinitaria en el alma… Un alma en Gracia es como un castillo de  cristal enseña Santa Teresa. Brilla el sol de Cristo en ella, y la Presencia de Dios colma las moradas, los silencios, los movimientos, las potencias, y el entero ser.
Por eso, enseña el salmo: “Tu Gracia vale más que la vida”. O en palabras de Jesús: “¿De qué te sirve ganar el mundo entero, si pierdes tu alma?”.

Un alma ganada por la fidelidad a Cristo es “luz y sal de la tierra”, y, aunque tocada por tribulaciones, por la Gracia siempre camina ennoblecida y dichosa en la fe. Encumbrada en Dios.

Jesucristo habla de “posesión trinitaria”. Inhabitación… La fidelidad a él, a su Palabra, hace presente la Gloria, la vida santa en el corazón. “Y mi Padre lo amará, iremos a él, y habitaremos en él”.
¿La fidelidad es fidelidad al aquí y ahora? ¿Es fidelidad al instante? ¿A aquello que el instante, el presente inmediato dona? ¿No es aquí y ahora el llamado de Dios? ¿Su voluntad no habla en el ahora continuo? ¿Cuánta disciplina se necesita para estar en el  presente libre para Dios?

Recibir la luz de Cristo, lo que viene de lo alto, lo que santifica, pide un ejercicio. Una disciplina interior. Un andar en oración y vigilancia, Como permanecer atentos a la misericordia del Padre. Abiertos al don del Paráclito.

Hemos oído la Palabra que viene de Dios. Semilla de luz viviente. Esta Palabra es Cristo. Y sus enseñanzas son el resplandor que trae al corazón el Espíritu de la Verdad, el que nos envía el Padre. “La Palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió… y el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo, y les recordará lo que les he dicho”, dice Jesús.
Tantas palabras vanas circulan por el mundo. Palabras Insustanciales, sin brillo. Hay tanto lenguaje caído, corruptor, oscuro… Y sin embargo, Dios quiere elevarnos en divina sabiduría uniéndonos a Cristo bajo el soplo del Espíritu. Y el Espíritu quiere sanar nuestros oídos internos. Disipar tinieblas. Disolver confusiones.

Para elevarnos  viene también a sanar heridas de nuestra historia. Los flujos dolientes de nuestra memoria. Las lastimaduras de la psique, los moretones que nos hicieron o nos hicimos a golpes de desamor.

El Espíritu Santo viene también a sanarnos. Busca que el Amor aleje el temor…
“¡No se inquieten ni teman!”, dice Jesús… El demonio, siempre ligado al pecado, como mentiroso, divisor, y tentador, procura hacernos desviar de la genuina y santa tensión de amor. Su trabajo es el de un falsificador. Suele interponerse entre Dios y nosotros.


Mientras el Espíritu Santo nos enseña a amar trayéndonos las enseñanzas de Cristo, y sanándonos, el adversario se disfraza de luz, y viene a pervertir el camino santo.

Reconocemos el paso del Espíritu Santo por el fruto de la paz. El enemigo no puede dar paz. Y, así, Cristo enseña: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”.

En la Última Cena, Cristo habla despidiéndose, y extiende una enseñanza magnífica, que la Iglesia presenta en la liturgia camino a la fiesta de Pentecostés. “Me voy, y volveré a ustedes”.

Este volver es un regreso como Glorificado, Ascendido, promovido a lo más alto, por encima de los ángeles, Triunfador, Primogénito de entre los muertos. Y esta nueva realidad el Nazareno, la de Resucitado, lo hace presente de múltiples maneras misteriosas. Entre ellas, y la más intensa y poderosa: la Eucaristía. Y toda presencia sacramental. Y la final: La Parusía, con la que se cerrará la historia. Juicio Universal.

Todo se está moviendo hacia Cristo… En medio de las mil batallas renovamos la esperanza en él. “Si me amaran se alegrarían de que vuelva al Padre”.

Cristo asciende. El Paráclito desciende. La Vida de Dios inhabita en el creyente. El Reino desde la Iglesia se siembra en la historia, y los pueblos reciben al Señor, su Salvación.

Cristo ofrece la Vida bienaventurada. La Iglesia celebra en esperanza la Gloria de Dios.
En el pecho de Cristo descansen nuestras almas. Dios es fiel.

                                                                                                          
Padre Gustavo Seivane
* Asesor espiritual nacional de los
Grupos de Oración de Padre Pio 
Argentina


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