365 DIAS CON EL PADRE PIO MES DE DICIEMBRE

1 de diciembre
¡No temas!, Jesús está contigo; tú estás con él. ¿Quién te lo asegura? La autoridad que Dios ha constituido como tu guía, la autoridad que te ama, que no quiere ni puede engañarte, la autoridad que te habla en nombre de Dios.
Tienes motivos para lamentarte, mi queridísima hija, porque casi siempre te he visto en las tinieblas; buscas a tu Dios, lo ansías, lo llamas, y no puedes encontrar sus huellas. ¡Parece que Dios se oculta, que te abandona! Pero, repito, no temas. Jesús está contigo también en este tiempo y tú estás en él y con él. Se oculta, se esconde para avivar más el amor. En las tinieblas, en las tribulaciones, en las sombras, en las angustias del espíritu, Jesús está contigo. Tú, mi buena hijita, no ves más que tinieblas en tu espíritu; y yo te aseguro de parte de Dios que la luz del Señor invade y rodea totalmente tu espíritu. Tú te ves en las tinieblas y Dios te repite por boca de la autoridad: «¡Yo estoy contigo en la tribulación!» .
(28 de junio de 1918, a Antonietta Vona, Ep. III, 865)

2 de diciembre
Tú te ves abandonada, y yo te garantizo que Jesús te tiene más cerca que nunca de su divino Corazón.
También nuestro Señor se lamentó en la cruz del abandono del Padre; pero el Padre, ¿abandonó alguna vez o puede abandonar a su Hijo? Son las pruebas supremas del espíritu; Jesús las quiere: ¡hágase! Tú pronuncia resignada este hágase cuando te encuentres en tales pruebas, y no temas.
No dejes de lamentarte ante Jesús como te parezca y como te agrade; invócalo como quieras; pero cree lo que te asegura quien te habla en su nombre.
Escríbeme con frecuencia sobre el estado de tu alma y no tengas miedo de nada; usaré contigo toda la caridad de la que está lleno el corazón de un padre; Yo –aunque indigno– oro y hago orar por ti; tú estate contenta de que Jesús te trate como quiere: ¡es siempre un padre y muy bueno!
(28 de junio de 1918, a Antonietta Vona, Ep. III, 865)

3 de diciembre
San Agustín dice muy bien: «Que nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en el objeto de su amor».
Pero tú sabes muy bien que el amor perfecto se alcanzará cuando se posea el objeto de este amor; pero el objeto de este amor sólo se poseerá cuando, no a través de velos, sino cara a cara, como nos dice san Pablo, el alma vea cómo es, cuando lo conozca como nos conocemos a nosotros mismos, y todo esto no se podrá conseguir sino cuando se abran las puertas de nuestra cárcel.
De esto puedes deducir el gran sufrimiento que debe suponer para el alma a la que 
Dios ha descubierto algunos de sus tesoros celestiales, verse aún en camino, en tierra de exilio.
(20 de abril de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 403)

4 de diciembre
Con repetidos golpes de afilado cincel y con trabajo diligente al pulirlas, suele el artista divino preparar las piedras que deben entrar en la construcción del edificio eterno. Así canta la Iglesia en el himno del oficio de la dedicación de una iglesia; y así es en verdad. A la ya larga y variada prueba por parte de los tuyos al elegir tu estado de vida, el Señor, en su bondad infinita, añade la del temor y el temblor espiritual, con algún complemento de desolación.
Agradécele, pues, que te trate como a elegida para seguir de cerca a Jesús en la subida al Calvario. Yo contemplo con alegría y conmoción de espíritu este modo de actuar de la gracia en ti, hija queridísima de mi corazón. Si no te viera tan zarandeada, no estaría tan contento, porque vería que el Señor te regala menos joyas. Es por esto que yo, que con santa caridad deseo vivamente tu progreso, gozo y me alegro cada día más al pensar en esta situación.
(6 de diciembre de 1916, a Erminia Gargani, Ep. III, 659)

5 de diciembre
No es abandono sino amor lo que te demuestra el dulcísimo Jesús. De ningún modo es verdad que tú, en este estado de aridez y de desolación de espíritu en que te ha puesto el amorosísimo Salvador, ofendes a Dios, porque su gracia vigilante te preserva muy bien de tales ofensas.
Por tanto, si, como es verdad, no ofendes a Dios y, por el contrario, lo estás amando en esta situación querida por Él, ¿qué motivos tienes para angustiarte?, ¿por qué tienes que afligirte? Reemprende, pues, tu subida a la cruz, tiéndete sobre ella y ten paciencia contigo misma, porque en vuestra paciencia –nos dice el divino Maestro– salvaréis vuestra alma. Y esta situación será tanto más duradera cuanto menos mezclada esté con preocupaciones e inquietudes.
(6 de diciembre de 1916, a Erminia Gargani, Ep. III, 659)

6 de diciembre
Anímate y convéncete de que Dios está contento contigo y de que encuentra en ti su pacífica morada. No esperes al Tabor para ver a Dios; ya lo contemplas, sin que te des cuenta, en el Sinaí. Pienso que el tuyo no es un interior turbado e incapaz de gustar el bien; es que ya no puede apetecer más que el sumo bien en sí mismo y no ya en sus dones. Las reflexiones de la mente, las distracciones involuntarias, las tentaciones, etc., son productos ofrecidos por el enemigo; pero, porque son rechazados por ti, en ellos
nada hay de malo. Cuando el demonio mete ruido es buena señal; es señal de que él quiere tu voluntad y, por tanto, de que se encuentra fuera de ella. Lo que debe atemorizarte, mi querida hermana e hija, es su paz y su sintonía con el alma humana.
En los períodos de aridez de espíritu, sé humilde, paciente y resignada a la voluntad divina; y no descuides nada de lo que acostumbrabas hacer en tiempos de gozo espiritual, porque el amor verdadero no consiste en experimentar muchos consuelos al servir a Dios, sino en una voluntad siempre pronta para realizar todo lo que Dios quiere mandarnos para nuestro progreso espiritual y para su gloria.
Cree siempre todo esto; y no te importe el creerlo con esfuerzo y sufrimiento del alma, sin que veas los motivos para ello. También los mártires creían sufriendo. El Credo más bello es el que se pronuncia en el sacrificio y haciéndonos violencia.
(6 de diciembre de 1916, a Erminia Gargani, Ep. III, 659)

7 de diciembre
Recuerda, mi brava hija, que Dios puede rechazar todo en una criatura concebida en pecado y que lleva la impronta indeleble heredada de Adán; pero de ningún modo puede rechazar el deseo sincero de amarlo. Por eso, si por otros motivos no puedes estar segura de la piedad celestial hacia ti, y no quieres creerme a mí que te hablo en el Señor, al menos debes estar segura por ese motivo.
Como conclusión, puedes y debes estar tranquila y contenta. Créeme a mí que te hablo de parte de Dios. Aleja esos temores, aparta esas sombras con las que el demonio está oscureciendo tu alma para atormentarte y alejarte, si fuera posible, de la comunión frecuente y del camino de la perfección.
Sé que el Señor permite al enemigo estos asaltos, porque su misericordia te hace más grata a Él y quiere que te asemejes a Él en las angustias del desierto, del huerto y de la cruz; pero tú debes defenderte alejándolo y despreciando sus malignas insinuaciones. ¿Me he explicado? Ánimo, pues, y adelante siempre. Combate como valiente y tendrás el premio de las almas fuertes.
(6 de diciembre de 1916, a Erminia Gargani, Ep. III, 659)

8 de diciembre
Huye, huye hasta de la más mínima sombra que te haga sentirte importante. Reflexiona y ten siempre ante los ojos de la mente la gran humildad de la Madre de Dios y nuestra, la cual, a medida que aumentaban en ella los dones celestiales, profundizaba cada vez más en la humildad, de modo que, en el mismo momento en que fue cubierta por la sombra del Espíritu Santo, que la convirtió en Madre del Hijo de Dios, pudo cantar: «He aquí la esclava del Señor». Y lo mismo cantó nuestra tan querida Madre en casa de santa Isabel, a pesar de llevar en sus castas entrañas al Verbo hecho carne.
En la medida que crezcan los dones, crezca tu humildad, pensando que todo nos es dado como préstamo; al aumento de los dones vaya siempre unido el humilde
agradecimiento hacia tan insigne bienhechor, de modo que tu espíritu prorrumpa en alabanzas continuas. Actuando así, desafiarás y vencerás todas las iras del infierno: las fuerzas enemigas serán despedazas, tú te salvarás y el enemigo se corroerá en su rabia. Confía en la ayuda divina y ten por cierto que quien te ha defendido hasta ahora, continuará su obra de salvación.
(13 de mayo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 417)

9 de diciembre
De ordinario, tu meditación gire sobre todo en torno a la vida, pasión y muerte, y también a la resurrección y ascensión de nuestro Señor Jesucristo. Podrías también meditar en su nacimiento, su huida y permanencia en Egipto, su regreso y su vida escondida en el taller de Nazaret hasta los treinta años, su humildad al hacerse bautizar por su precursor san Juan; podrías meditar en su vida pública, su dolorosísima pasión y muerte, la institución del santísimo sacramento, precisamente en aquella noche en que los hombres le estaban preparando los más atroces tormentos; podrías meditar del mismo modo en Jesús que ora en el huerto y que sudó sangre a la vista de los tormentos que le preparaban los hombres y de las ingratitudes de los hombres que no se habrían aprovechado de sus méritos; medita también en Jesús apresado y conducido a los tribunales, flagelado y coronado de espinas, en su camino por la cuesta del Calvario cargado con la cruz, en su crucifixión y, por fin, en su muerte en la cruz, entre un mar de angustias, a la vista de su afligidísima Madre.
(8 de marzo de 1915, a Annita Rodote, Ep. III, 61)

10 de diciembre
Continuad, mis buenas hermanas e hijas, recordándome en el tesoro de vuestras oraciones, especialmente en este tiempo en que estoy pasando por una dura prueba; y estad seguras de que yo quiero vivamente y seguiré queriendo la salud espiritual más que la corporal, además de aquella gracia que ya conocéis.
En mis pobres, sí, pero también repetidas oraciones, no me olvidaré de vosotras ni de cuantas me hacen la misma caridad que me hacéis vosotras. Jesús y la Virgen santísima os concedan ser dignas de la gloria eterna. Con esta fe y esta esperanza os deseo todos los bienes del cielo.
Y ahora vayamos a vuestras necesidades espirituales. Esas perplejidades de espíritu que vais experimentando son artimañas malignas del tentador; y Dios las permite, no porque os odie, sino porque os ama. No es reprobable el sentimiento, sino el consentimiento. Y yo os animo en el dulcísimo Señor a estar tranquilas, ya que ni vosotras ofendéis en esto al Señor ni el Señor se esconde para castigar vuestras infidelidades, que, os declaro en nombre y en virtud de la santa obediencia, no se dan en vosotras, al menos hechas con plena advertencia y decidida voluntad.
(11 de diciembre de 1916, a las

11 de diciembre
El anhelo de estar en la paz eterna es bueno, es santo; pero es necesario moderarlo con la completa resignación a la voluntad de Dios. Es mejor realizar el querer de Dios en la tierra que gozar en el cielo. Sufrir y no morir era el deseo de santa Teresa. Es dulce el purgatorio cuando se sufre por amor de Dios.
Las pruebas, a las que Dios os somete y os someterá, son todas ellas señales de la predilección divina y joyas para el alma. Pasará, queridas mías, el invierno y llegará la interminable primavera, tanto más rica de bellezas cuanto más duras hayan sido las tempestades. La oscuridad que estáis experimentando es señal de la cercanía de Dios a vuestras almas.
(11 de diciembre de 1916, a las hermanas Ventrella, Ep. III, 548)

12 de diciembre
Moisés, aquel gran caudillo del pueblo de Dios, encontró al Señor en la oscuridad del Sinaí. El pueblo hebreo lo vio en forma de nube y como nube aparecía en el Templo. Jesucristo, en la transfiguración en el Tabor, fue primero visible para los apóstoles y después se volvió invisible, porque quedó envuelto en una nube luminosa. El esconderse de Dios en la oscuridad supone un agigantarse a nuestras miradas y que, de visible e inteligible, se transforma en puro ser divino.
La lucha con el enemigo no debe asustaros: cuanto más íntimo al alma se hace Dios, más dentro suele estar el adversario. Ánimo, pues.
Al hablar de la oscuridad, he dado también respuesta al hecho de las sombras que parece que se agolpan en vosotras. No son sombras, mis queridas hijas, sino luz, y luz tan potente y luminosa que aturde al alma, que está habituada a pensar de Dios de un modo normal y casi humano. Dad gracias al Señor si, ya desde esta vida, os dispone a pregustar aquella visión en la que, no viendo nada, se ve todo.
(11 de diciembre de 1916, a las hermanas Ventrella, Ep. III, 548)

13 de diciembre
Tened la certeza de que las luchas internas no son un peligro para la fidelidad a Dios; son ocasión de méritos preciosos, que tienen el nombre de corona y de palma de victoria. No dudéis de la bondad de vuestras acciones, porque todo lo que hacéis está bajo el influjo de la obediencia, que yo previamente os he manifestado y os manifiesto de nuevo; y os lo he manifestado de modo general sobre los pensamientos, acciones y sobre el mismo descanso llevado a cabo para gloria de su divina Majestad.
Esta obediencia lo único que no incluye, y no puede incluir, son aquellas acciones que vosotras descubrís con claridad que implican ofender a Dios. ¿Me he explicado? ¿Me habéis entendido bien? Obrad de acuerdo a lo que os he dicho y dejadlo todo bajo mi
responsabilidad.
Frecuentad la comunión diaria, despreciando siempre vuestras dudas, que son
irracionales; confiad en la obediencia ciega y alegre, y no tengáis miedo de caer en el mal. La tabla que debe conducirnos al puerto de la salvación y el arma divina para llegar a cantar victoria es la sumisión plena de vuestro juicio al dictamen de quien tiene el encargo de guiaros en las sombras, en las perplejidades y en la batalla de la vida. Repito, pues, porque es importante: desechad las dudas en nombre y en virtud de la obediencia; y tened por cierto que, en esas luchas, vosotras no pecáis. Así os lo aseguro y así es en verdad.
Si Jesús se manifiesta, agradecedlo; y si se oculta, agradecedlo también; todo es una broma de amor. La Virgen, clemente y piadosa, continúe obteniéndoos de la inefable bondad del Señor la fuerza para soportar hasta el final tantas pruebas de amor como os regala con las cada vez más numerosas mortificaciones. Yo me auguro que, llegadas a expirar con Jesús en la cruz, podáis exclamar dulcemente con él: ¡Todo está cumplido!
(11 de diciembre de 1916, a las hermanas Ventrella, Ep. III, 548)

14 de diciembre
Continúa consumiéndote en ese vivísimo deseo de agradar a Jesús; y él, que es tan bueno y no mira demasiado minuciosamente, recompensará esos santos deseos, haciéndote crecer y avanzar por sus sendas santas.
Vive toda para él, alejando de ti para siempre todos esos pensamientos inútiles que llenan el corazón de vanidad y que confunden y ofuscan el entendimiento.
En todas tus acciones, también en las más indiferentes, busca con sinceridad realizarlas con la recta intención de agradar a Dios, rechazando hasta el más mínimo deseo del propio bien. ¿Y qué bien más valioso para el alma que el de agradar al Señor?
En relación contigo misma, ten siempre una actitud humilde, convencida de que todos los servicios que el alma pueda ofrecer a Dios, aunque sean muchísimos, son siempre poca cosa; y, si alcanzan honra y mérito, es por la gracia del Señor.
(12 de septiembre de 1915, a Annita Rodote, Ep. III, 98)

15 de diciembre
Me veo sumergido en un océano de fuego; la herida que de nuevo me fue abierta sangra y sangra siempre. Sola ella bastaría para causarme mil y más veces la muerte. Oh, Dios mío, ¿y por qué no muero? ¿O es que no ves que, para el alma que tú llagaste, hasta la vida le es un tormento? ¿Tan cruel eres que permaneces sordo a los clamores de quien sufre, y no lo confortas? Pero, ¿qué digo?... Perdóneme, padre, estoy fuera de mí, no sé lo que digo. El exceso de dolor que me causa la herida, que está siempre abierta, me lleva a enfurecerme en contra de mi voluntad; me hace salir de mí y me conduce al delirio; y yo me veo incapaz de resistir.
Dígame, padre, claramente: ¿ofendo al Señor en estos excesos en que caigo? ¿Qué 
debo hacer para no disgustar al Señor, si el grito es impetuoso y no hay fuerza capaz de resistirlo?
¡Dios mío!... Pronto... que yo salga de la vida física, ya que son inútiles todos los esfuerzos para escaparme de la muerte espiritual. El cielo, creo yo, se ha cerrado para mí; y todos los esfuerzos y llantos se vuelven contra mí, como saetas, para herir de muerte mi pobre corazón. Mi oración parece que me resulta inútil; y mi espíritu abatido, al primer intento por reencontrar la salida se topa con quien le priva de toda valentía y poder, desanimándolo en la más absoluta impotencia y en la nada, en el no poder nada para seguir arriesgándose; y, si es cierto que al momento se aventura de nuevo, se encuentra reducido a la misma impotencia.
(5 de septiembre de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1071)

16 de diciembre
Dios mío, lo sabes bien; manda al menos luz a mi guía para que descubra lo que yo no encuentro: la verdadera fuente de tantos males en tu criatura. Nunca tuve mis facultades tan incapaces y cerradas. ¡Qué sufrimiento es este para la voluntad, para la memoria y para el entendimiento! Pienso que, para una voluntad que busca y desea al menos querer el bien, es dura e inconcebible esta pena que sufre.
Y de igual modo, para quien, enriquecido con tantos recuerdos de la grandeza divina en sus atributos y derechos y, en relación consigo mismo, con sus obligaciones y con la veneración que debe a su creador, es un sufrimiento de muerte la incapacidad de comprender lo que después se le descubre misteriosamente. (...)
El entendimiento está como aplastado bajo el troquel y, aunque tenga muchos conocimientos, queda ciego, con una ceguera tan dolorosa que sólo quien la experimente podrá decir algo cierto sobre ella. Y sobre todo, así me parece a mí, el sufrimiento resulta absolutamente insoportable para un entendimiento al que, desde el inicio de su actividad, las pruebas lo han ido haciendo más avispado y que después ha sufrido el contraste de los rayos luminosísimos de la verdadera vida.
¡Dios mío!, llévame al arrepentimiento, oblígame a la contrición sincera y a la firme conversión de mi corazón a ti.
(5 de septiembre de 1918, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 1071)

17 de diciembre
Al comienzo de la sagrada novena en honor del santo Niño Jesús, mi espíritu se ha sentido como renaciendo a nueva vida: el corazón se siente como bastante pequeño para contener los bienes celestiales; el alma se siente desfallecer del todo ante la presencia de este nuestro Dios hecho carne por nosotros. ¡¿Qué hacer para resistirse a no amarlo siempre con nuevo ardor?! Oh, acerquémonos al Niño Jesús con corazón limpio de culpa, y gustaremos qué dulce y suave es amarlo.
No dejaré nunca, y mucho menos en estos días santos, de suplicar al divino Niño por
todos los hombres, especialmente por ti y por todas las personas que tanto amas. Le rogaré que quiera hacerte partícipe de todos los dones que tan generosamente ha derramado y que derrama cada día más en mi espíritu.
(17 de diciembre de 1914, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 273)

18 de diciembre
El gran bien de tu alma es ser en todo y plenamente de Dios. Quien no es sino de Dios, sólo se entristece por haber ofendido a Dios; y su tristeza por este motivo se queda en una profunda, tranquila y pacífica humildad y sumisión, de la que se recupera apoyándose en la bondad divina, por medio de una dulce y perfecta confianza, sin melancolía ni contrariedad.
Quien no es sino de Dios, no busca más que al mismo Dios; y, porque no es menos en la tribulación que en la prosperidad, permanece en paz en medio de las adversidades.
Quien no es sino de Dios, piensa de continuo en Él en todos los momentos de esta vida; y trata de ser cada día mejor ante los ojos de Dios; y encuentra y admira a Dios en todos las criaturas; y exclama con san Agustín: «Todas las criaturas, Señor, me invitan a amarte» .
Quien no es sino de Dios, quiere que todos sepan que le quiere servir, que le quiere amar; y se empeña por realizar todos los ejercicios que le ayudan a permanecer unido a Él.
Sé, pues, siempre de Dios, mi queridísima hija; no seas más que para Él, no deseando más que agradarle a Él, y a sus criaturas en Él, según Él y por Él.
(17 de agosto de 1918, a Rachelina Russo, Ep. III, 521)

19 de diciembre
Ante las próximas fiestas de la santa Navidad, le envío, con el corazón a flor de piel y con un afecto más que filial, mi sincerísima felicitación, rogando al niño Jesús que le conceda la felicidad espiritual y temporal.
¡Acoja el niño que va a nacer mis pobres y débiles plegarias que, en estos días santos, le dirigiré, con fe más viva por usted, por todos los superiores, por el mundo entero!
¡Haga al fin descender un poco de rocío celestial a los corazones de aquellas almas afligidas! En este momento no tengo para ellas mensaje alguno que transmitirles; sólo digo que su situación es envidiable. Al verlas tan probadas, me alegro en el alma; y siento en relación con ellas una envidia santa, la de la emulación. Su situación, querido padre, sobre todo la de una de ellas, es tal en este momento que no están en situación de recibir alivio alguno, ni siquiera en las buenas palabras que yo pudiera dirigirles.
Dios ha hundido su entendimiento en las tinieblas; ha colocado su voluntad en la aridez; la memoria, en el vacío; el corazón, en la amargura, en el abatimiento, en una extrema desolación; y todo esto es motivo de grandísima envidia, porque todo está orientado a predisponer y preparar sus corazones para recibir en ellos la imagen auténtica
del espíritu, que no es otra que la unión de amor.
Dios está con ellas; y, para convencerse de ello, debiera bastarles esa voluntad
siempre pronta para dedicarse del todo a Dios y para actuar en su servicio y honor.
(19 de diciembre de 1913, al P. Agostino
da San Marco in Lamis, Ep. I, 439)

20 de diciembre
Mi queridísimo padre, aproximándose la santa Navidad, me parece que un deber de conciencia me urge a no dejarla pasar sin deseársela llena de todos aquellos consuelos celestiales que usted desea en su corazón. Aunque yo siempre he orado por usted, que fue y será persona muy amada por mí, en estos días no dejaré de redoblar mis oraciones al Niño celestial, para que se digne preservarle de toda desgracia en este mundo, sobre todo de la desgracia de perder a Jesús Niño.
Mi mala salud continúa su curso con sus momentos mejores y peores. Sufro, es cierto, y sufro mucho; pero estoy contentísimo porque, también en medio del sufrimiento, el Señor no cesa de hacerme experimentar una alegría indescriptible.
(20 de diciembre de 1910, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 208)

21 de diciembre
Para las próximas fiestas de la santa Navidad y de fin de año, con el corazón lleno de reconocimiento y con afecto más que filial, le mando mi más sincera felicitación, pidiendo al Niño celestial por su felicidad espiritual y temporal.
No dude, padre, de que su hijo sabe cumplir, en cuanto su pequeñez se lo permite, su deber con nuestro común padre, con la firme esperanza de ver cumplidos sus deseos. Acoja el niño que va a nacer mis pobres y débiles ruegos, que en estos días le dirijo, con la más santa insistencia, por la Orden, los superiores, la provincia y la Iglesia entera.
Escuche qué curioso fenómeno se está dando en mí desde hace algún tiempo, y que, por otro lado, no deja de preocuparme. En la oración me sucede que me olvido de rogar por aquellos que se han encomendado a mí (no de todos, es verdad) o por aquellos por los que tenía intención de orar. Antes de ponerme a orar, me esfuerzo por encomendar, por ejemplo, a esta o a aquella persona; pero, Dios mío, tan pronto como entro en oración, mi mente queda en el vacío más completo y no hay en ella ni la más mínima huella de aquello que tanto había deseado.
Otras veces, en cambio, estando en oración, me veo movido a orar en favor de quienes nunca tuve intención de orar y, lo que es más maravilloso, a veces en favor de quienes nunca he conocido, ni visto, ni oído, y que nunca se han encomendado a mí, ni siquiera por medio de otros.
Y, antes o después, el Señor siempre escucha estas súplicas. Quiera el Señor darle a conocer el verdadero significado de este tan extraño como nuevo fenómeno; y, si Dios quiere que usted después me lo manifieste, le ruego que no me prive de ello.
(20 de diciembre de 1910, al P. Benedetto

22 de diciembre
Quiero desearte de nuevo felices fiestas del santo Niño con toda tu preciosísima familia. El Señor y la santísima Virgen te hagan cada vez más digna de la gloria eterna. Con esta fe y con estos sentimientos, os deseo a todas vosotras muy felices las hermosas fiestas del santísimo nacimiento de Jesús Niño, y hago fervientes votos para que puedas repetirlas durante el mayor tiempo posible de vida, y siempre con creciente caridad, que es la reina y madre de todas las virtudes.
¡Oh, qué sublime es la bella virtud de la caridad que nos ha traído el Niño Dios! Todos deben llevarla en el corazón, y sobre todo quienes hacen profesión de santidad. A esta santidad el Señor, sin mérito alguno de tu parte, te ha llamado; y, si es cierto que te veo bien encaminada en la caridad, no por eso dejo de invitarte continuamente a que sigas avanzando cada día más en ella.
(22 de diciembre de 1914, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 280)

23 de diciembre
Los enfriamientos del espíritu, que a veces experimentas, no deben ni maravillarte, ni abatirte, ni desanimarte; ya que, con tal de que tengas un verdadero deseo de fervor y que no dejes, como consecuencia de los mismos, tus santas prácticas de piedad, el alma sigue bien, y sirve y ama a Dios, y además con amor desinteresado. Dime, mi buena hija, ¿acaso el dulce Jesús no nació en el corazón del frío?; y, ¿por qué no ha de seguir estando en el frío del corazón? Yo me refiero a ese frío que no consiste en un debilitamiento de nuestros buenos propósitos, sino sencillamente en cierto cansancio y pesadez de espíritu, que nos hace avanzar con sufrimiento en el camino en el que estamos, y del que no queremos apartarnos nunca hasta que lleguemos a la meta.
(4 de agosto de 1917, a destinataria desconocida, Ep. III, 922)

24 de diciembre
Jesús Niño reine siempre en tu corazón y establezca y consolide su reino cada vez más dentro de ti. Estos y otros semejantes son los deseos que en estos días he presentado en tu favor al Niño de Belén.
Nuestro Señor te ama, hija mía, y te ama tiernamente; y, si Él no siempre te permite experimentar la dulzura de su amor, lo hace para conseguir que seas más humilde y despreciable a tus ojos. Pero no dejes por eso de recurrir con toda confianza a su santa benignidad, especialmente en el tiempo en que lo representamos como era, pequeño niño de Belén; porque, hija mía, ¿con qué otra finalidad toma Él esta dulce y amable condición de niño si no es la de estimularnos a amarlo confiadamente y a entregarnos amorosamente a Él?
da San Marco in Lamis, Ep. I, 442)
(24 de diciembre de 1918, a

25 de diciembre
Jesús niño te inspire cada día más amor al sufrimiento y más desprecio al mundo; su estrella ilumine cada vez más tu mente; y su amor transforme tu corazón y lo haga más digno de sus divinas complacencias.
Con estos deseos muy sinceros, que, en estos días, repetidamente, voy presentando ante Jesús niño en tu favor, comienzo mi respuesta a tu última carta, que me llegó en su momento. Quiera Jesús escucharlos todos.
Me alegro del modo de actuar de la gracia en ti; y, al mismo tiempo que me congratulo contigo, me uno también a ti al bendecir a la piedad divina por tanta predilección como te manifiesta. Por tanto, ensancha tu corazón y deja que el Señor obre libremente. Abre tu alma al sol divino y busca que sus rayos benéficos disipen de ella las tinieblas con las que el enemigo con frecuencia la va obscureciendo.
Te recomiendo la obediencia sin razonamientos a quien ocupa el lugar de Dios. El alma obediente –dice el Espíritu Santo– cantará victoria ante Dios. Tente siempre por una absoluta nada ante el Señor. Y ten siempre gran estima de todos, y de modo especial de aquellos que aman a Dios más que tú; y alégrate de esto, pues, el amor que tú no has sido capaz de ofrecer a Dios, le viene dado por otras almas más queridas y más fieles a Él.
(Sin fecha, a Maria Gargani, Ep. III, 388)

26 de diciembre
Crece siempre y no te canses nunca de progresar en la que es la reina de todas las virtudes, la caridad cristiana. Piensa que nunca es demasiado el crecimiento en esta hermosísima virtud. Que te sea muy querida, más aún que las pupilas de tus ojos, porque es precisamente ella la más grata a nuestro Maestro divino, que con una frase totalmente divina suele llamarla «mi mandamiento». ¡Oh!, sí, tengamos en gran estima este mandamiento del Maestro divino y superaremos así todas las dificultades.
Es tan especialmente bella la virtud de la caridad, Raffaelina, que el Hijo de Dios, precisamente para encenderla en nuestros corazones, quiso descender desde el seno del Padre eterno y hacerse semejante a nosotros para enseñárnosla y facilitarnos, con los medios que nos dejó, la adquisición de esta preclarísima virtud.
Pidamos insistentemente a Jesús esta virtud y busquemos cada día con nuevas fuerzas crecer en ella. Pidámosla, repito, siempre y más que nunca en la fiesta de Jesús resucitado. Pídela también para mí, que la necesito mucho para no caer, para no volverme infiel a la bondad del Padre del cielo.
(30 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 382)

27 de diciembre
Te exhorto a unirte a mí y a acercarte conmigo a Jesús para recibir su abrazo, un beso 
que nos santifique y nos salve. Escuchemos en tal sentido al santo rey David, que invita a besar devotamente al Hijo: «Besad al hijo»; porque este hijo del que habla aquí el profeta real no es otro que aquel del que dijo el profeta Isaías: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: Puer natus est nobis, filius datus est nobis».
Este niño, Raffaelina, es aquel hermano amoroso, aquel esposo amadísimo de nuestras almas, del que la sagrada esposa del Cantar, figura del alma fiel, buscaba la compañía, y suspiraba por sus besos divinos: «¡Quién me diera a ti por hermano mío, y te buscaría y te besaría! Bésame con el beso de tu boca». Este hijo es Jesús; y el modo de besarle sin traicionarlo, de estrecharlo entre nuestros brazos sin aprisionarlo, el modo de darle el beso y el abrazo de gracia y de amor, que espera de nosotros, y que nos promete devolver, es, según san Bernardo, servirle con verdadero afecto, realizar en obras santas sus doctrinas celestiales, que profesamos con las palabras.
No dejemos, pues, de besar de ese modo a este Hijo divino, porque si son así los besos que ahora le damos, vendrá él mismo, como lo ha prometido, lleno de misericordia y de amor; vendrá a tomarnos en sus brazos, a darnos el beso de paz en los últimos sacramentos en el momento de la muerte; y así terminaremos nuestra vida con el beso santo del Señor; admirable beso de la dignación divina, en el que, al decir de san Bernardo, no se acerca la cara a la cara, la boca a la boca, sino que se unen mutuamente por toda la eternidad el creador con la criatura, el hombre con Dios.
(7 de septiembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 482)

28 de diciembre
Sí, amante divino, Señor de nuestra vida, «tus pechos son mejores que el vino, y exhalan el aroma de los más exquisitos perfumes».
Hija mía, ¿quién puede decirme los secretos admirables que se esconden bajo el velo de estas palabras de la esposa del Cantar de los Cantares? En vano lo intentaría, si quisiera explicar todos esos admirables secretos. Lo que sí puedo decir es que el alma, cuando el dulcísimo Señor la hace digna de poder pronunciar estas palabras, como las pronunció la esposa del Cantar, siente tal suavidad que se percata de que a Jesús lo tiene muy cerca. Todas sus facultades se hallan entonces en una calma tan perfecta que le parece poseer a Dios tanto cuanto le es posible desearlo. Llega como a tocar con la mano la nada que son todas las cosas de este mundo terrenal.
El Esposo divino le va descubriendo verdades importantísimas de un modo, de hecho, nuevo. Pero el alma no ve a este amante divino que así se manifiesta, solamente sabe que él está con ella, y no puede por nada dudarlo. Se encuentra en una atmósfera tan brillante de luz, experimenta en sí tales efectos admirables de esta unión con el Esposo, y se siente tan firme en la virtud, que casi no le parece ser ya la de antes; vive tan sumergida en ese océano de consuelos totalmente celestiales que, en la embriaguez de su alegría, no sabe ya qué desear o pedir a Dios.
En resumen, en ese torrente de luz y de felicidad el alma no sabe en qué se ha transformado. Se siente toda transportada fuera de sí, siente que el Esposo divino la
abraza de una forma tan estrecha que la pobrecita, ante esa plenitud desbordante de alegría, en cierto modo siente desmayarse. Es precisamente entonces cuando le parece que es llevada amorosamente en esos brazos divinos, y que Él la aprieta a su costado, a sus pechos divinos, y es tal la embriaguez celestial de esta alma que queda como atolondrada y casi fuera de sí, de modo que, en un arrebato de santa locura, me parece que bien podría decir a su dulce conquistador: «Tus pechos son mejores que el vino y exhalan un aroma semejante a los perfumes más exquisitos».
(7 de septiembre de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 482)

29 de diciembre
¡Otro año que pasa a la eternidad bajo el peso de las culpas que he cometido durante el mismo! ¡Cuántas almas más afortunadas que la mía saludaron el inicio del año y no su término! ¡Cuántas almas dichosísimas, a las que envidio, han pasado a la eternidad con la muerte de los justos, con el beso de Jesús, confortadas por los sacramentos, asistidas por un ministro de Dios, con la sonrisa en los labios, a pesar de los dolorosos sufrimientos físicos a los que estaban sometidas!
Padre mío, la vida aquí abajo me aburre. La vida en este destierro es para mí un tormento tan amargo que casi ya no puedo más. El pensamiento de que en cualquier instante puedo perder a Jesús me angustia tanto que no sé explicarlo; sólo las almas que aman sinceramente a Jesús lograrán saberlo.
En estos días tan solemnes para mí, porque son las fiestas del Niño celestial, con frecuencia he experimentado aquellos excesos de amor divino que tan fuertemente hacen languidecer a mi pobre corazón. Convencido plenamente de la benignidad de Jesús hacia mí, le he dirigido con más confianza esta súplica: «¡Oh Jesús, pudiera yo amarte, pudiera yo sufrir cuanto quisiera y contentarte y reparar de algún modo las ingratitudes de los hombres para contigo!».
(29 de diciembre de 1912, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 327)

30 de diciembre
Confianza ilimitada en Dios también cuando la desdicha y las insidias del enemigo lleguen a molestarte. Quien se abandona en Dios, quien confía en Él, no será nunca defraudado. Que tu vida entera se gaste en acciones de gracias al Esposo divino, a Él vayan orientadas todas tus acciones, todas tus palpitaciones, todos tus suspiros; permanece siempre con Él durante el tiempo de la desdicha y de la prueba; permanece también con Él en las consolaciones espirituales; en fin, vive para Él, gasta toda tu vida por Él, entrégale a Él tu partida de esta tierra y la de los demás, cuando, donde y como Él lo quiera. Muéstrate siempre y en todo cada vez más digna de tu vocación cristiana.
Vive de tal modo que el Padre del cielo pueda gloriarse de ti, como lo hace y lo es con tantas almas, que ha elegido de la misma forma que la tuya. Vive de tal forma que en cada instante puedas repetir con el apóstol san Pablo: «Sed imitadores míos como yo lo
soy de Cristo Jesús». Vive de tal modo, te lo repito, que incluso el mundo pueda por fuerza decir de ti: «Ahí está Cristo». ¡Oh!, por caridad, ¡no encuentres exagerada esta expresión! Todo cristiano, verdadero imitador y seguidor del rubio Nazareno, puede y debe llamarse un segundo Cristo, del que lleva de modo muy eminente toda la impronta. ¡Oh!, si todos los cristianos vivieran de acuerdo a su vocación, esta tierra de destierro se transformaría en un paraíso.
(30 de marzo de 1915, a Raffaelina Cerase, Ep. II, 382)

31 de diciembre
Soy plenamente consciente de que no hay nada en mí que pueda atraer las miradas de nuestro dulcísimo Jesús. Ha sido únicamente su bondad la que ha colmado mi alma de tantos bienes. Él casi nunca me pierde de vista; me sigue a todas partes; da vida a mi vida envenenada por el pecado; disipa en mí las densas nubes en las que se halla envuelta mi alma después del pecado. Tan pronto como, al cerrarse mis ojos, veo descender el velo de la noche, veo abrirse ante mí el paraíso y, feliz ante esta visión, duermo con una sonrisa de felicidad en mis labios y una calma total en la frente, esperando que mi pequeño compañero de infancia venga a despertarme, y así entonar juntos las alabanzas matutinas al amado de nuestros corazones.
¡Oh!, padre mío, si el conocimiento de mi realidad despierta en usted algún pensamiento que no sea de compasión, diríjalo, se lo ruego, en mi nombre, a mi amado, como prueba de reconocimiento y de gratitud.
(14 de octubre de 1912, al P. Agostino da San Marco in Lamis, Ep. I, 306)

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